La justicia poética de Menorca

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El sol caía sobre los acantilados de Son Parc, tiñendo de un rojo furioso la piedra que separa el pinar del mar. Pero ese rojo no era solo el del atardecer. En el sendero que serpentea hacia Arenal d'en Castell, el silencio habitual del viento se había roto por el eco seco de los disparos.

La Administración lo llamaba "gestión de fauna". Los turistas lo llamaban "eliminar molestias". Yo lo llamaba traición.

No llevaba un arma de fuego; no quería rebajarme a su nivel de estruendo y cobardía. Llevaba algo más poderoso: el conocimiento de cada piedra, cada mata de lentisco y cada cueva de la costa norte. Me había convertido en un fantasma entre los pinos.

Vi al primer grupo de ejecutores. Caminaban con la arrogancia de quien se cree dueño de la vida, buscando el rastro de las cabras que habían sobrevivido a la primera ráfaga. No sabían que, en ese momento, ellos eran la presa.

Aprovechando la bruma que subía del mar, empecé a sabotear su logística. Sus radios dejaron de emitir señales claras; solo escuchaban el balido agónico de los animales que habían dejado atrás, grabado y reproducido desde la espesura.

Los seguí desde las alturas de los peñascos. Cada vez que uno de ellos apuntaba, una piedra caía cerca, desviando el tiro. Nunca me veían, solo sentían mi presencia: una rama que cruje, una sombra que cruza el camino a una velocidad inhumana.

Al caer la noche, mientras acampaban cerca de la costa, les robé el equipo de caza. En su lugar, dejé rastros de sangre sintética rodeando sus tiendas y las calaveras de las cabras que no pudieron salvar, colocadas como centinelas silenciosos mirándoles fijamente.

Cuando el líder del grupo despertó, se encontró solo en mitad del Camí de Cavalls. Sus compañeros habían huido hacia la civilización, aterrorizados por "el espíritu de la isla". En su pecho, colgado de un cordel de esparto, encontró una nota mojada por el salitre:

La isla tiene memoria. Los invasores se van, los apestados se olvidan, pero la tierra siempre reclama lo que es suyo. La próxima vez que aprietes el gatillo, asegúrate de que no haya una sombra detrás de ti.

Desde aquel día, los disparos cesaron. Dicen que ahora, cuando los turistas se quejan del ruido de las cabras en Son Parc, los guías bajan la voz y miran hacia el bosque, temiendo que el cazador de cazadores siga allí, vigilando el equilibrio de Menorca.

Mientras en el Camí de Cavalls reinaba un silencio tenso, en las oficinas de la capital el aire se volvía pesado. El alto cargo que firmó la orden de "limpieza" —un hombre que solo conocía Menorca a través de mapas y presupuestos de turismo— empezó a recibir visitas que no esperaba.

No entré rompiendo cristales; entré en su sistema. Una mañana, todas las pantallas de la Consejería amanecieron bloqueadas. No pedía dinero. Solo mostraban un video en bucle: las imágenes en alta definición de las cabras agonizantes que los ejecutores habían dejado atrás, intercaladas con los folletos turísticos de "Menorca, Reserva de la Biosfera".

El mensaje en la pantalla era demoledor:

Vuestra 'gestión' sangra. Si la isla es un producto, habéis dañado la mercancía. Si la isla es un hogar, habéis cometido un crimen.

Para que el toque de atención fuera efectivo, la Administración debía sentir que no podía proteger ni a sus propios enviados.

La realidad culmina una noche de tormenta. El responsable de la orden sale hacia su coche oficial en un parking desierto. Al encender las luces, me ve sentado en el capó.

¿Las cabras no votan, verdad? Pero la tierra sí pasa factura. Habéis intentado 'limpiar' Menorca para los que vienen de fuera, y solo habéis conseguido que la isla empiece a expulsaros a vosotros.

Le lanzo un último casquillo a los pies y desaparezco en la oscuridad antes de que pueda reaccionar.

A la mañana siguiente, la orden de caza fue suspendida "por motivos técnicos y de seguridad". La Administración aprendió que, en Menorca, el asfalto termina donde empieza la memoria de la gente.

La Administración cometió el error de pensar que, tras las amenazas, todo volvería a la "normalidad turística".

Una noche, con la ayuda de gente del campo que compartía mi rabia, movimos toneladas de piedra seca —esa arquitectura ancestral de Menorca— para cerrar los accesos al Camí de Cavalls cerca de los hoteles de lujo.

Cerrado por luto natural. La isla está curando sus heridas.

En los aeropuertos y puntos de información, cambié los códigos QR de las guías turísticas.

El "toque de atención" definitivo llegó desde el mismo corazón de la tierra. Saboteé de forma simbólica pero implacable la inauguración de una nueva zona recreativa en Arenal d'en Castell.

La historia acaba rematando con un acto de justicia poética. Los ejecutores que aún quedaban en nómina, asustados por la presión social y mi vigilancia constante, dimitieron en bloque.

En lugar de cazadores, contrataron a pastores. En lugar de balas, se usaron cercados tradicionales y gestión ética.

Yo volví a las sombras del Camí de Cavalls. Una tarde, sentado sobre una roca en Son Parc, avisté a una de las cabras supervivientes acercarse al borde del acantilado.

La Administración aprendió la lección. Menorca no es un parque temático para clientes exigentes; es un cuerpo vivo que muerde si intentas arrancarle el alma.

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